Tono-Bungay
Tono-Bungay —Bien, pues habla de un carpintero y un poético niño victoriano, ¿sabe?, y de algunas virutas. El chico no sabe qué hacer con las virutas. Pero usted quizá sÃ. Redúzcalas a polvo. Pueden servir para algo. Empápelas en miel… ¡Xilo-tabaco! PulverÃcelas y añádales un poco de brea y de trementina para darles olor… Empaquételas para baños calientes… ¡Una Cura Segura para el azote de la gripe! Luego están todas esas comidas patentadas a base de granos, eso que los americanos llaman cereales. Creo que estoy en lo cierto, señor, al decir que son viruta de madera.
—¡No! —dijo mi tÃo, sacándose el puro de la boca—. Por todo lo que he podido descubrir, se trata de auténtico grano, el grano que se ha echado a perder… Lo he estado estudiando.
—¡Bien, ahà tiene! —dijo Ewart—. Digamos que es grano echado a perder. Sirve igual de bien para mi caso. Su comercio moderno no hace más que comprar y vender… escultura. Es compasión, es salvación. ¡Es un trabajo de rescate! Toma todo tipo de artÃculos dejados de la mano y los eleva de nuevo. Caná no está en ello. Usted convierte el agua… en Tono-Bungay.
—El Tono-Bungay es un buen producto —dijo mi tÃo, repentinamente serio—. No estamos hablando del Tono-Bungay.