Tono-Bungay
Tono-Bungay He intentado señalar algo de mi propio desarrollo sexual en el capítulo anterior. Nadie fue nunca franco y decente conmigo al respecto; nadie, ningún libro acudió nunca a decirme así y así está hecho el mundo y eso y eso es lo que necesitas hacer. Todo surgió de una forma oscura, indefinida, desconcertante; y todo lo que yo sabía de las leyes o convenciones sobre el asunto tenía la forma de amenazas y prohibiciones. Excepto las furtivas y vergonzosas charlas de mis compañeros en Goudhurst y Wimblehurst, ni siquiera había sido advertido contra peligros completamente horribles. Mis ideas nacían en parte del instinto, en parte de una imaginación romántica, en parte entretejidas a base de una mezcla de retazos de sugerencias que me habían llegado por azar de la más diversa forma. Había leído mucho y desorganizadamente: Vathek, Shelley, Tom Paine, Plutarco, Carlyle, Haeckel, William Morris, la Biblia, el Freethinker, el Clarion, The Woman Who Did…, menciono los ingredientes que primero acuden a mi mente. Todo tipo de ideas se apiñaban en mí, y nunca una explicación lúcida. Pero me resultaba evidente que el mundo contemplaba a Shelley, por ejemplo, como una persona muy heroica además de muy hermosa; y que desafiar las convenciones y sucumbir magníficamente a la pasión era lo que había que hacer para ganar el respeto y el afecto de todas las personas decentes.