Tono-Bungay
Tono-Bungay Allí estaban, semifantasmales por entre la niebla, una silenciosa procesión, interminable, gris, de hombres arrastrando los pies. Llevaban consigo mojadas y sucias pancartas, hacían sonar sus latas pidiendo algunos peniques; esos hombres que no habían dicho «trato hecho» en el lugar adecuado, hombres que no habían sabido «saltar» con la suficiente fuerza, que nunca habían dicho «trato hecho», que jamás habían tenido la posibilidad de decir «trato hecho». Formaban como un río vacilante y vergonzoso, avanzando lentamente por la calle, los desechos de la civilización competitiva. Y mientras, nosotros contemplábamos todo aquello desde lo alto, tan arriba que parecía como si fuéramos unos dioses procedentes de otro mundo, en una habitación agradablemente iluminada y amueblada, cómodamente calientes, vestidos con costosas ropas y con la barriga llena de buenos alimentos.
—Y aquí estamos nosotros —murmuré para mí mismo—, por la gracia de Dios, George y Edward Ponderevo.
Pero los pensamientos de mi tío iban por otros derroteros, y él convirtió aquella visión en el texto de una inspirada pero poco convincente arenga sobre la Reforma de Aranceles.