Tono-Bungay

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La iniciación del trabajo experimental produjo un gran cambio en mis hábitos personales. He dicho ya cómo una vez en mi vida en Wimblehurst tuve un período de disciplina y esfuerzo continuado, y cómo cuando fui a South Kensington me vi desmoralizado por el inmenso efecto de Londres, por sus innumerables demandas imperativas sobre mi atención y curiosidad. Y renuncié a mucha parte de mi orgullo personal cuando abandoné la Ciencia por el desarrollo del Tono-Bungay. Pero mi pobreza me mantuvo abstinente y mi joven romanticismo casto hasta que inicié mi vida matrimonial. Entonces me relajé en todas direcciones. Efectué una gran cantidad de trabajo, pero nunca me paré a pensar dónde estaba mi cota máxima ni si los cambios de humor y las indolencias que me invadían a veces eran cosas evitables. Con la llegada de la abundancia comí mucho y desordenadamente, bebí con libertad y seguí mis impulsos cada vez más descuidadamente. No sentía ninguna razón por la que tuviera que hacer ninguna otra cosa. Nunca, en ningún momento, me empleé al límite de mis capacidades. La crisis emocional de mi divorcio no produjo ningún cambio inmediato en esos asuntos de disciplina personal. Encontré al principio alguna dificultad en concentrar mi mente en el trabajo científico, era mucho más exigente que los negocios, pero superé esa dificultad fumando. Me convertí en un inmoderado fumador de puros; eso me proporcionó momentos de profunda depresión, pero los traté como suele hacerse con el método homeopático: encendiendo otro puro. No me di cuenta en absoluto de lo flojas que se habían vuelto mi moral y mis fibras nerviosas hasta que alcancé el lado práctico de mis investigaciones y me encontré frente a frente con la necesidad de descubrir cómo se sentía uno utilizando un planeador y qué era exactamente lo que un hombre podía hacer con uno.


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