Tono-Bungay

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Mi primo Nicodemus Frapp era panadero en una callejuela poco transitada y más bien sucia, justo al lado de esa otra miserable, estrecha, intermedia calle que enlaza esas perlas exquisitas que son Rocherster y Chatham. Fue, tengo que admitirlo, un shock para mí: un hombre dominado por una joven, regordeta, fecunda, casi siempre fingidamente enferma esposa; un hombre encorvado, de lentos movimientos, renuente, de piel oscura, y manos y pestañas y arrugas de su rostro y costuras de su chaqueta siempre llenas de harina. Nunca tuve oportunidad de rectificar mi primera impresión de él, y aún sigue siendo para mí un recuerdo casi desagradable, una especie de caricatura de incompetente simplicidad. Tal como lo recuerdo, representaba la perfecta tradición servil. No había orgullo en su persona: los buenos trajes y el endomingarse no eran para los tipos «como él», y hacía que su esposa, que no era ninguna artista en ello, le cortara su negro pelo a intervalos irregulares, y dejaba que sus uñas se volvieran desagradables al ojo exigente; no tenía orgullo en sus negocios y tampoco iniciativa, sus únicas virtudes eran no hacer ciertas cosas y trabajar duro.

—Tu tío —había dicho mi madre (por cortesía, entre la clase media victoriana, todos los primos mayores que uno tenía eran tíos)— no tiene mucho que ver ni de lo que hablar, pero es un buen trabajador.


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