Tono-Bungay

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Cuando volví, descubrí que mi participación en la escapatoria y en la muerte de mi tío me habían convertido por un tiempo en un personaje célebre e incluso popular. Durante dos semanas fui retenido en Londres «haciendo frente a la música», como él hubiera dicho, y haciendo que las cosas fueran más fáciles para mi tía, y aún me maravillo de la consideración con la que el mundo me trató. Porque ahora había quedado claro y manifiesto que mi tío y yo no éramos más que especímenes de una moderna especie de bandoleros que malgastaban los ahorros del público en el desenfreno del mundo empresarial. Creo que, en un cierto sentido, su muerte produjo una reacción en mi favor, y mi vuelo, del que fueron divulgados ahora algunos pormenores, encajó en la imaginación popular. Parecía una hazaña más atrevida y difícil de lo que fue, y no me hubiera servido de nada escribir a los periódicos sosteniendo mi particular punto de vista. Parece haber pocas dudas de que los hombres prefieren infinitamente las apariencias de riesgo y aventura a la simple honestidad. Nadie creía que yo no formara parte de sus maquinaciones financieras. De todos modos, me otorgaron un trato de favor. Incluso obtuve permiso de los interventores para ocupar mi chalet durante quince días mientras ordenaba la masa de papeles, cálculos, notas de trabajo, diseños y todo lo demás, que había dejado en desorden cuando me lancé a aquella impulsiva incursión sobre los montones de quap de la Isla Mordet. Estuve solo allí. Le conseguí a Cothope trabajo con los Ilchester, para quienes construyo ahora esos destructores. Lo querían inmediatamente, y él andaba corto de dinero, así que lo dejé ir, y me las arreglé muy filosóficamente por mis propios medios.


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