Tono-Bungay

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Pero encontré difícil fijar mi atención en la aeronáutica. Había estado separado del trabajo durante medio año y más, medio año repleto de intensas y desconcertantes cosas. Durante un tiempo mi cerebro se negó por completo a dedicarse a esos delicados problemas de equilibrio y ajuste; deseaba pensar en la mandíbula caída de mi tío, en las reluctantes lágrimas de mi tía, en negros muertos y pestilentes pantanos, en las evidentes realidades de crueldad y dolor, en vida y muerte. Más aún, me sentí abrumado por el aterrador montón de cifras y documentos del Hardingham, una tarea ante la cual esta incursión a Lady Grove era simplemente un interludio. Y estaba Beatrice.

La segunda mañana, mientras permanecía sentado en el porche, ensimismado en mis recuerdos e intentando en vano prestar atención a algunas notas a lápiz demasiado sucintas de Cothope, Beatriz apareció de pronto cabalgando desde detrás del pabellón y tiró de las riendas y se inmovilizó; Beatrice, un poco enrojecida por la cabalgata y montando un enorme caballo negro.

No me levanté instantáneamente. Me la quedé mirando.

—¡Tú! —dije.

Me miró fijamente.

—Yo —dijo.


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