Tono-Bungay
Tono-Bungay —El sol —observó irrelevantemente— te ha bronceado mucho… Voy a bajar.
Se deslizó de la montura a mis brazos, y se detuvo junto a mí, frente a frente.
—¿Dónde está Cothope? —preguntó.
—Se ha ido.
Sus ojos se desviaron hacia el pabellón, y luego volvieron a fijarse en mí. Permanecimos muy cerca el uno del otro, extraordinariamente íntimos y extraordinariamente separados.
—Nunca he visto este pabellón tuyo —dijo—, y me gustaría verlo. Echó las riendas de su caballo en torno al poste del porche, y la ayudé a atarlas.
—¿Conseguiste lo que fuiste a buscar a África? —preguntó.
—No —dije—. Perdí mi barco.
—¿Y con él se perdió todo?
—Todo.
Caminó delante de mí al saloncito del chalet, y observé que sujetaba la fusta muy fuertemente en su mano. Miró por un momento a su alrededor, y luego a mí.
—Es confortable —observó.