Tono-Bungay
Tono-Bungay Así cantaban. Aún ahora oigo el zumbido de ese himno. Los odiaba con la amarga y poco caritativa condena de la adolescencia, y la desazón de ese odio aún perdura. Mientras escribo estas palabras, vuelven a mí los sonidos y luego la escena, aquella oscura e indigna gente, una mujer gorda con asma, un viejo lechero galés con un tumor en su calva cabeza y que era el líder intelectual de la secta, un mercero de gruesa voz con una gran barba negra, su esposa, una mujer de pálido rostro monstruosamente embarazada, un comisionista con gafas y curvada espalda… Oigo cómo hablan acerca de las almas, las extrañas y trilladas viejas frases que fueron acuñadas hace eras en los puertos de mar del levante agostado por el sol, del bálsamo de Galaad y el maná en el desierto, de calabaceras que dan sombra y agua en un sediento desierto; recuerdo de nuevo la forma en que a la conclusión del servicio la charla seguía siendo piadosa en sus formas pero se volvía medicinal en su substancia, y cómo las mujeres se reunían para sus susurros obstétricos. Yo, como era un niño, no importaba, y podía escuchar…
Si Bladesover es mi clave para la explicación de Inglaterra, estoy firmemente convencido de que mi comprensión de Rusia se engendró en el círculo de tío Frapp.