Tono-Bungay
Tono-Bungay Uno podía haber dudado de si alguno de los dos se sentía incómodo en aquella polvorienta y lúgubre existencia, de no ser por el hecho de que los dos buscaban visiblemente consuelo. Lo buscaban y lo obtenían los domingos, en imaginarias dosis de sangre en vez de beber mucho y desbarrar. Se reunían con otras veinte o treinta personas sucias y melancólicas, todas vestidas con deslustrados colores que no revelaban la suciedad, en una pequeña capilla de ladrillo equipada con el cojo rugir de un armonio, y allí solazaban sus mentes con el pensamiento de que todo lo justo y permitido en la vida, todo por lo que se luchaba, todo lo que se planeaba y hacía, todo orgullo y belleza y honor, todas las cosas hermosas y agradables estaban irrevocablemente condenadas a los tormentos eternos. Eran los autoelegidos confidentes de la burla de Dios sobre Su propia creación. Así se adherían al menos a mi mente. Mas vaga, y sin embargo difícilmente menos compatible con esta burla cósmica, este venidero «¡Ja, listos!» dedicado a todos los afortunados, los atrevidos y los que vivían una buena vida, era su propia predestinación a la gloria.
Hay una fuente llena de sangre
extraída de las venas de Emmanuel