Tono-Bungay

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3

Le pedí de nuevo que se casara conmigo. Era nuestra última mañana juntos, y nos habíamos encontrado muy temprano, casi al amanecer, sabiendo que teníamos que separarnos. El sol no brillaba aquel día. El cielo estaba cubierto, la mañana era fría e iluminada por una luz clara, helada e insípida. Una pesada humedad en el aire presagiaba lluvia. Cuando pienso en aquella mañana, siempre tiene la esencia de cenizas grises mezcladas con lluvia.

Beatrice también había cambiado. La primavera había desaparecido de sus movimientos; se acercó a mí, por primera vez, como si hubiera envejecido en un día. Se había convertido en una sola carne con el resto de la humanidad; de su voz habían desaparecido la suavidad y el porte, la melancólica magia de su presencia había desaparecido. Vi todas aquellas cosas con una perfecta claridad, y me hicieron sentir lástima por ellas y por ella. Pero no alteraron en absoluto mi amor, no mitigaron nada. Y cuando hubimos hablado torpemente media docena de frases, ataqué hoscamente mi tema.

—Y ahora —exclamé—, ¿te casarás conmigo?

—No —dijo ella—. Debo permanecer toda mi vida aquí.

Le pedí que se casara conmigo en un año de plazo. Agitó la cabeza.


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