Tono-Bungay
Tono-Bungay Y entonces saboreé la definitiva amargura de la vida. Por primera vez me sentí absolutamente fútil, torturado por una emoción que no podía ser trasladada a acciones, por una vergüenza y una lástima más allá de las palabras. Me había apartado de ella melancólicamente y había visto el derrumbamiento y la muerte de mi tío con ojos secos y mente firme, pero aquel encuentro casual con mi perdida Beatrice me hizo estallar en lágrimas. Mi rostro se crispó, y las lágrimas rodaron por mis mejillas. Toda la magia que ella había tenido para mí se transformó en un insoportable dolor.
—¡Oh, Dios! —exclamé—, esto es demasiado. —Y volví mi rostro hacia ella, e hice gestos implorantes hacia las hayas, y maldije al destino. Sentí deseos de hacer cosas descabelladas, de perseguirla, de salvarla, de hacer que la vida retrocediera de modo que ella volviese de nuevo a mi lado. Me pregunto qué habría ocurrido si hubiera emprendido su persecución, sin aliento a causa de mi carrera, murmurando palabras incoherentes, sollozando, recriminador. Estuve a punto de hacerlo.
No había nada en la tierra o en los cielos que respondiera a mis maldiciones o a mi llanto. En las brumas de todo aquello, un hombre que había estado podando los árboles al otro lado apareció y se me quedó mirando.
Bruscamente, ridículamente, disimulé ante él y seguí mi camino…