La piedra de toque

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CAPÍTULO IX

CAPÍTULO IX

A la mañana siguiente se levantó decidido a averiguar lo que Alexa pensaba de él. Más que anclarlo en puerto, el asunto parecía situarlo en el corazón de una tormenta, y sintió que necesitaba una tregua para calmar la confusión de sus sensaciones.

Llegó tarde a casa, pues cenaban solos y sabía que pasarían la noche juntos. A punto estuvo de abrir la boca cuando, terminada la cena, la siguió hasta la sala, pero al coger el café que ella le tendía, se excusó casi sin querer:

—Tendré que llevármelo al estudio. Esta noche tengo mucho trabajo.

Una vez solo en el despacho, maldijo su cobardía. ¿Qué lo había retenido? Ella parecía totalmente inaccesible. No era el tipo de mujer cuya compasión fuera fácil de conseguir y no había ocasión de avanzar posiciones: nunca la cogería por sorpresa. Entonces, ¿por qué no hacerle frente? Lo que le esperaba no podía ser peor que lo que estaba soportando. Retiró la silla y se dispuso a subir cuando se le ocurrió una idea. ¿Y si, en vez de contárselo, dejaba que ella lo averiguara por sí sola? Así comprobaría el efecto del descubrimiento antes de hablar con lo que podría librarse de la carga de la revelación.


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