La piedra de toque
La piedra de toque Al principio se asustó ante el descubrimiento de su propia indiferencia. Era como si hubiera bajado las últimas barreras de su voluntad ante un torrente de lasitud moral. ¿Cómo podía seguir desempeñando su papel, haciéndole frente a su enemigo, con esa indiferencia envenenada corriéndole por las venas? Trató de animarse con el recuerdo del desprecio de su esposa. No había olvidado el comentario con el que había puesto punto final a la conversación. Si alguna vez se había preguntado cómo encajaría la verdad, ahora ya no era necesario: lo despreciaría. Pero esto alimentó su tentación con malicia, pues el desdén de ella sería un refugio para el suyo propio, y se dijo que ya que no le preocupaban las consecuencias, al menos podía librarse de hablar en defensa propia. Lo que quería ahora no era inmunidad, sino castigo: la indignación de su esposa podía hacer que se reconciliara consigo mismo. Ahí residía la esperanza de su regeneración. Su desprecio era el antiséptico moral que necesitaba; su comprensión, el único bálsamo que podía curarlo…
Cuando se marcharon, tenía tanto miedo de hablar que dejó que ella se fuera sola a casa y se dirigió al club en compañía de Flamel.