La piedra de toque
La piedra de toque Estaba sentada frente a él, junto a Flamel, y a Glennard le pareció que habían levantado a su alrededor una de esas barreras tras las cuales las dos personas implicadas en una conversación pueden decir lo que les plazca. Mientras los demás discutían sobre la lectura, ambos se habían mantenido en silencio. Un silencio que a Glennard le parecía casi cínico, pues ocultaba el disfraz de su complicidad. Sintió una punzada de ira, pero de pronto supo, con curioso alivio, que en el fondo ya no le preocupaba si Flamel se lo había dicho a su esposa o no. Ya tenía asumido que Flamel sabía lo de las cartas y le parecía mejor que Alexa lo supiera también.