La piedra de toque
La piedra de toque Como cenaban fuera esa noche pudo evitar a Alexa hasta que bajó vestida con su capa de ópera. La señora Touchett, que acudía a la misma cena, se había ofrecido a ir a buscarla, y Glennard, rechazando un precario asiento entre los trajes de noche, prefirió seguirlas a pie. La velada se le hizo interminable. La lectura del Waldorf, a la que habían asistido todas las mujeres, había reavivado la discusión sobre las Cartas de Aubyn, y Glennard, al oír que preguntaban a su esposa, se sintió miserable por desear que hubiera asistido en vez de que su ausencia llamara la atención de todo el mundo. Estaba perdiendo a marchas forzadas todo el sentido de la proporción respecto a las Cartas. Ya no podía oír que se mencionaban sin albergar sospecha de que un propósito oculto animaba cada alusión; y casi se rindió ante la extravagancia de imaginarse que la señora Dresham, que tanto le desagradaba, había organizado la lectura con la esperanza de hacerle confesar, pues estaba seguro de que Dresham había adivinado que había tomado parte en la transacción.
El intento de mantener este tumulto interior bajo una apariencia de sosiego parecía tan inacabable e inútil como los esfuerzos que uno realiza en una pesadilla. Perdió el sentido de todo lo que estaba contando a sus vecinos y, al levantar los ojos, la visión de su esposa lo dejó helado.