La piedra de toque
La piedra de toque —Te he traÃdo trabajo: un montón de viejas facturas y otras cosas que me gustarÃa que organizaras. Hay algunas que no merece la pena que las guardes, pero tú misma lo comprobarás. Puede que haya también una o dos cartas, nada importante, pero no quiero tirarlo todo sin haberle echado antes un vistazo y no tengo tiempo de hacerlo yo.
Soltó los papeles y ella los cogió con una sonrisa que simulaba reconocer en el favor que le pedÃa la tácita intención de enmendar el incidente del dÃa anterior.
—¿Estás seguro de que sabré distinguir lo que debo guardar?
—Ah, claro que sà —contestó con ligereza—; además, no hay nada que sea demasiado importante.
A la mañana siguiente inventó una excusa para salir sin tener que verla y cuando regresó, justo antes de la cena, se topó con el sombrero y el bastón de un visitante en el vestÃbulo. El visitante era Flamel y estaba a punto de marcharse.