La piedra de toque
La piedra de toque El hombre se había levantado del sillón, pero Alexa aún permanecía sentada y por la actitud de ambos daba la impresión de que la charla había ido más allá de las palabras. Los dos miraron con sorpresa a Glennard y éste tuvo la sensación de estar entrando en una habitación que de repente se había quedado vacía, como si sus pensamientos fueran conspiradores que huían de su captor. Se sintió amenazado por sus viejos temores. ¿Y si su mujer ya había ordenado los papeles y había hecho a Flamel partícipe de su descubrimiento? Aunque, mirándolo bien, no era nada nuevo para Flamel que Glennard hubiera recibido los derechos de las Cartas de Aubyn…
El repentino propósito de conocer la verdad, por muy penosa que ésta fuera, le hizo volver a mirar a su esposa mientras la puerta se cerraba a espaldas de Flamel. Pero Alexa también se había levantado e, inclinándose sobre el escritorio de espaldas a Glennard, empezó a hablar precipitadamente.