La piedra de toque
La piedra de toque El día siguiente era domingo y Glennard se quedó remoloneando en la cama, de modo que cuando bajó a desayunar, su esposa ya estaba sentada a la mesa. Ella le dedicó su habitual sonrisa cuando entró y ambos se refugiaron en las últimas noticias, como viajeros sorprendidos por una tormenta. Mientras escuchaba el relato del concierto, empezó a pensar que, después de todo, aún no había puesto en orden los papeles y que su nerviosismo del día anterior seguramente se debiera a otra causa que quizá sólo le concerniera a él de manera indirecta. Le asombraba que nunca antes se le hubiera ocurrido pensar que Flamel era el tipo de hombre que pudiese agradar a una mujer por su propia cuenta, sin necesidad de ayuda fortuita. Si bien esta posibilidad aclaraba el panorama, no lo hacía más alentador. Y Glennard sintió que lo habían dejado solo con su propia mezquindad.
Alexa se levantó primero de la mesa, y cuando subió al vestidor se la encontró preparada para salir.
—¿No es un poco temprano para ir a la iglesia? —le preguntó.
Ella replicó que dé camino pensaba parar un momento en casa de su madre. Y mientras se ponía los guantes, Glennard empezó a hurgar entre los chismes de la repisa buscando una cerilla para encenderse el cigarrillo.