La piedra de toque
La piedra de toque Cuando la presión del trabajo comenzó a disminuir y en aquellas tardes que se alargaban podía llegar relativamente temprano a casa, solía encontrarse el salón lleno de gente y casi nunca tenían la ocasión de pasar la noche solos. Si él estaba cansado, lo cual sucedía a menudo, salía ella sola; ni siquiera se le pasaba por la cabeza la posibilidad de romper el compromiso y quedarse a su lado. De joven nunca le había gustado mucho la vida social ni pareció echarla de menos el año que pasaron en el campo. Sin embargo, Glennard pensaba que compartía el destino común de los hombres casados, que confundían proverbialmente la temprana pasión hacia los quehaceres domésticos con una prueba de domesticidad. En todo caso, Alexa rebatía su teoría con la misma desconsideración con la que una planta de semillero rompe las expectativas del jardinero. Se había producido en ella un cambio indefinible. En cierto sentido era positivo, pues se había vuelto, si no más hermosa, al menos más vital y expresiva. Su belleza se apreciaba mejor: era como si hubiera aprendido a ejercitar conscientemente ciertos atributos intuitivos y utilizara sus efectos con la capacidad discriminatoria de un artista experto en valores. Para un crítico imparcial (como Glennard se consideraba entonces), el arte resultaba a veces demasiado obvio. Sus intentos por parecer frívola carecían de espontaneidad y algunas veces le exasperaba oírla reír como Julia Armiger. Pero Glennard era lo bastante inteligente como para comprender que, en lo que respecta a las habilidades sociales de su esposa, un marido siempre ve la cara equivocada del tapiz.