La piedra de toque
La piedra de toque En esta irónica estimación de sus relaciones, Glennard se encontraba extrañamente aliviado de todo lo que concernía a los sentimientos de Alexa por Flamel. Desde la cumbre olímpica de su indiferencia contemplaba con calma sus inofensivas travesuras. Era sorprendente cómo al degradar a su esposa se sentía en paz consigo mismo. Por muy lejos que estuvieran el uno del otro, seguían manteniendo, en cierto modo, la tácita cercanía de la complicidad. Y es que, en efecto, eran cómplices: sus celos estaban a la altura del desprecio de Alexa. Ahora aquellos celos que antes le parecían un borrón en la blancura de su esposa no eran más que el homenaje a unos ideales en los que ya no creía…