La piedra de toque
La piedra de toque Deambuló por la sala intentando mostrar desinterés; pero, aunque lo saludaron con afabilidad, nadie lo invitó. Sin duda, aquellos hombres que podían permitirse pagar sus cenas, que no tenían que recurrir a invitaciones como si fueran mendigos revolviendo la basura en busca de un mendrugo, ya estaban comprometidos. Pero no… cuando Hollingsworth dejaba el reducido grupo alrededor de la mesa, un joven admirador lo reclamó:
—¡Holly, espere! ¡Venga a cenar!
Hollingsworth se volvió hacia él con cara de pocos amigos, mostrando el perfil menos favorable de un rostro mejor terminado.
—Lo siento, no puedo. Tenemos un festín de fieras en casa.
Glennard se dejó caer en un sillón. ¿Por qué ir a casa a cambiarse con esta lluvia? Era de locos coger un taxi hasta la ópera, aunque al fin y al cabo, más de locos era aún asistir. Sus constantes encuentros con Alexa Trent resultaban tan injustos para la joven como fatigosos para él. Ya que no podía casarse con ella, era hora de apartarse y dejar el camino libre a alguien mejor situado… Y había que admitir la irónica circunstancia de que, si de conveniencia se trataba, Hollingsworth entraba en el grupo de los posibles candidatos.