La piedra de toque
La piedra de toque Glennard se inclinó para sacudir el cigarro en la chimenea. Sintió el salvaje deseo de que Alexa no pronunciara el nombre de la otra mujer; nada más parecÃa importarle.
—Parece que te ha dado por leer —dijo.
Ella seguÃa empeñada en hacerle frente.
—Lo estaba guardando para ti… Creà que te interesarÃa —dijo con un aire de ligera insistencia.
Él se levantó y se dio la vuelta. Estaba seguro de que ella sabÃa que habÃa cogido la revista y sintió que empezaba a odiarla de nuevo.
—No tengo tiempo para esas cosas —replicó con indiferencia.
Y cuando se encaminaba a la puerta, la oyó dar un paso precipitado hacia delante. Después se detuvo y se hundió sin decir palabra en la misma silla de la que se habÃa levantado.