La piedra de toque
La piedra de toque CAPÍTULO XI
Cuando bajo la cruda luz de febrero Glennard subía la carretera del cementerio, sintió la beatitud que llega con el cese abrupto del dolor físico. Había alcanzado el punto donde acaba la introspección y el impulso que lo movía era puramente intuitivo. Ya ni siquiera buscaba motivos, más allá de la razón obvia de que su deseo de visitar la tumba de Margaret Aubyn no respondía a ningún intento de reparación sentimental, sino más bien a la vaga necesidad de afirmar de algún modo la realidad del lazo que los unía.