La piedra de toque

La piedra de toque

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La irónica promiscuidad de la muerte había traído de vuelta a la señora Aubyn para que compartiera la estrecha hospitalidad del último lecho de su marido; pero aunque Glennard sabía que había sido enterrada cerca de Nueva York, nunca había visitado su tumba. Ahora, al atravesar las largas avenidas, le oprimía la escalofriante visión de su regreso. No hubo familia que siguiera su coche fúnebre: había muerto sola, igual que había vivido, y los «distinguidos dolientes» que formaban el cortejo no sabían nada de la mujer a la que enviaban a la tumba. Glennard ni siquiera podía recordar en qué estación del año la habían enterrado, pero su humor le daba a entender que debía de haber sido un día de mucha luz: aquel incisivo resplandor de febrero que ofrece claridad, pero no calor. Las blancas avenidas se alargaban ante él, interminables, cubiertas de estereotipados emblemas de aflicción, como si todos los tópicos del mundo se hubieran convertido en mármol y coronaran a los muertos sumisos. Por todas partes, sin duda, frígidas urnas o ángeles insípidos aprisionaban punzadas de dolor, y los clichés se convertían en vehículo de raros significados. Pero, en su mayoría, las interminables hileras de monumentos parecían encarnar simples tópicos sobre la muerte que no alteran el descanso de los vivos. Mientras seguía el camino que le habían indicado, los ojos de Glennard se posaron de forma instintiva en un túmulo bajo con una lápida muda. Había olvidado que los muertos raramente diseñan sus propias casas y con una punzada descubrió el nombre que buscaba en la base ciclópea de un obelisco de granito que elevaba su agresiva altura en el cruce de dos avenidas.


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