La piedra de toque
La piedra de toque —¡Cómo lo habría odiado ella! —murmuró.
Había un banco cerca y aprovechó para sentarse. El monumento se alzaba ante él como una morada pretenciosa y hueca. No podía creer que Margaret Aubyn reposara allí. Era domingo por la mañana y negras figuras vagaban por los senderos, colocando flores en los montículos cubiertos de escarcha. Glennard advirtió que las tumbas vecinas habían sido decoradas hacía poco y creyó ver un deslumbrante revuelo de expectación a través del tepe, como si los túmulos desnudos desplegaran una alfombra seca para esa lluvia conmemorativa. Se levantó poco después y regresó caminando a la entrada del cementerio. Había varios invernaderos cerca de la verja y, al entrar, pidió unas flores.
—¿Con algún emblema? —preguntó el anémico hombre desde detrás del empapado mostrador.
Glennard sacudió la cabeza.
—¿Sólo flores cortadas? Entonces venga por aquí.