La piedra de toque
La piedra de toque El florista abrió la puerta de cristal y lo guio por un pasillo verde y húmedo. El aire caliente se mezclaba de manera agobiante con el olor de azaleas blancas, lirios blancos, lilas blancas… todas las flores eran blancas: simulaban una prolongación, una mística florescencia, de las largas hileras de lápidas de mármol y parecían neutralizar con su perfume el olor de la podredumbre. Glennard se mareó en medio de esta rica atmósfera. Al inclinarse hacia la jamba, mientras esperaba las flores, tuvo la penetrante sensación de que Margaret Aubyn estaba cerca… No la imponderable presencia de su visión interior, sino una vida que latía cálidamente en sus brazos…
El aire cortante lo golpeó al salir. Deshizo sus pasos y esparció las flores sobre la tumba. Los bordes de los blancos pétalos se arrugaron con el frío como papel quemado y, al mirarlos, la vana ilusión de su proximidad se desvaneció, volviendo a congelarse.