La piedra de toque

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CAPÍTULO XII

CAPÍTULO XII

No había un motivo definido que explicara su visita al cementerio, excepto considerarla como un último esfuerzo por escapar del inexpresivo consentimiento que Alexa otorgaba a la vergüenza que él estaba padeciendo. Le parecía que cuanto más tiempo pudiera mantenerse a salvo de esa vergüenza más tardaría en sucumbir por entero a sus consecuencias. Su mayor temor era convertirse en la criatura de sus actos. La indiferencia de su esposa lo degradaba; parecía situarlo a la altura de su deshonra. Margaret Aubyn habría aborrecido los hechos, pero, en la misma medida, también habría sentido lástima por él. La idea de su posible conmiseración volvió a acercarlo a ella. Una lo sabía y no quería comprenderlo; la otra parecía que algunas veces comprendiera sin saber.

Disfrazada de retrospectivos remordimientos, su autocompasión sentía deseos de soledad y meditación. Se perdía en enfermizas contemplaciones, en visiones inútiles de cómo habría sido la vida con Margaret Aubyn, y había momentos en que, en la extraña dislocación de su punto de vista, el daño que le había causado parecía un lazo de unión entre ambos.


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