La piedra de toque

La piedra de toque

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Con tal de satisfacer estas emociones, los domingos por la tarde había cogido la costumbre de dar paseos solitarios que se prolongaban hasta entrada la noche. Los días se iban alargando, la primavera empezaba a flotar en el aire y sus errantes caminatas lo conducían con frecuencia a Central Park y sus alrededores.

Un domingo, cansado de tanto desplazamiento sin sentido, cogió un taxi a las puertas del parque y pidió que lo llevara a Riverside Drive. Era una tarde gris con rachas de levante. El taxi avanzaba despacio y, mientras Glennard se reclinaba y contemplaba ausente los desiertos senderos que serpenteaban bajo ramas desnudas entre montículos de prematura fertilidad, dos figuras que caminaban un poco más adelante captaron su atención. La pareja estaba sola en el camino y se movía con paso desigual, como adaptando su modo de andar a una conversación marcada por intervalos de reflexión. De vez en cuando se paraban y, en una de estas pausas en que la mujer se volvió hacia su acompañante, Glennard reconoció el perfil de su esposa. El hombre era Flamel.

La sangre se le subió a la cabeza. Se incorporó con un movimiento brusco y echó hacia atrás la capota del cabriolé; pero cuando el taxista se giró, se dejó caer en su asiento sin mediar palabra. Después, al tomar conciencia de que el hombre llevaba un rato preguntándole por la capota levantada, exclamó:


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