La piedra de toque
La piedra de toque —Gire… dé la vuelta… donde sea… Tengo prisa…
Cuando el taxi daba la vuelta vio de reojo por última vez a las dos figuras. No se habÃan movido. Alexa, con la cabeza agachada, seguÃa escuchando.
—Dios mÃo, Dios mÃo… —gimió.
Era espantoso… abominable… no podÃa entenderlo. Aquella mujer ya no era nada para él… menos que nada… La sangre le zumbaba en los oÃdos y le cegaba los ojos. SabÃa que sólo se trataba del instinto primario y que, en lo concerniente a su ser racional, era igual que cualquier otro impulso reflejo de su cuerpo; pero eso sólo transformaba la angustia en repugnancia. SÃ, era asco lo que sentÃa… casi una náusea fÃsica. Los gases venenosos de la vida inundaban sus pulmones. TenÃa ganas de vomitar, unas ganas terribles…
Volvió a casa y se fue a su habitación. Daban una pequeña cena esa noche y, cuando bajó, los invitados estaban llegando. Miró a su esposa: su belleza era extraordinaria, pero le pareció la belleza del mar calmo en una costa sin luz. Y le dio miedo.