La piedra de toque
La piedra de toque Aquella noche se quedó hasta tarde en el estudio. Oyó que la sirvienta cerraba la puerta principal; luego su esposa subió las escaleras y se apagaron las luces. Su cerebro era como un gran vestíbulo vacío con eco: un único pensamiento reverberaba eternamente… Al final, acercó la silla a la mesa y empezó a escribir. Puso la dirección en un sobre y releyó despacio lo que había escrito.
Mi querido Flamel:
Le envío mis disculpas por no haberle remitido antes el cheque que ahora le adjunto. Representa el porcentaje correspondiente a la venta de las cartas.
Confío en que me perdone por este descuido.
Atentamente,
Stephen Glennard.
Salió de la oscurecida casa y echó la carta en el buzón de la esquina.
Al día siguiente se demoró hasta tarde en la oficina y ya estaba preparándose para marcharse cuando oyó que alguien preguntaba por él en la habitación contigua. Se sentó de nuevo y apareció Flamel.
Mientras Glennard apartaba una silla que obstaculizaba el paso, los dos hombres tuvieron tiempo para medirse mutuamente. Luego Flamel se adelantó, extrajo su billetera y dejó un papel en el escritorio.
—Mi querido amigo, ¿qué demonios significa esto?