La piedra de toque
La piedra de toque —Ya suponÃa que te habÃa invitado. Pero hay ciertas cosas que una mujer sensata no hace. Una mujer sensata no se pasea por ahà con hombres. ¿Por qué no os visteis aquÃ?
Ella vaciló.
—Porque querÃa verme a solas.
—¿En serio? ¿Y tú satisfaces todos sus deseos con la misma presteza, si puedo preguntar?
—No sé si tiene otros que me conciernan —hizo una pausa y después siguió hablando en una voz más baja que, de algún modo, ocultaba un tono de advertencia—. QuerÃa despedirse de mÃ. Se marcha.
Glennard la miró sorprendido.
—¿Que se marcha?
—Sale para Europa mañana. Va a estar fuera mucho tiempo. Supuse que lo sabrÃas.
La última frase reavivó su enfado.
—Te olvidas de que todo lo que yo pueda saber o no saber de Flamel depende de ti. Es tu amigo, no el mÃo. De hecho, algunas veces me preguntaba por qué te esforzabas tanto en ser amable con él cuando es evidente que no me gusta.
La respuesta de Alexa se hizo esperar. ParecÃa estar escogiendo las palabras con esmero, no tanto por ella como por él, y la exasperación de Glennard aumentó al sospechar que estaba tratando de exculparlo.