La piedra de toque

La piedra de toque

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—Era tu amigo antes de convertirse en el mío. Nunca supe de él hasta que me casé. Fuiste tú quien lo trajo a casa y quien al parecer se empeñó en que me gustara.

Glennard soltó una carcajada. La defensa era más débil de lo que esperaba: estaba claro que no era una mujer muy lista.

—Tu deferencia me halaga, pero no es la primera vez que un hombre comete el error de presentarle sus amigos a su esposa. En cualquier caso, debiste darte cuenta de que mi entusiasmo se había enfriado; pero quizá te cegaron las ansias de complacerme.

Alexa recibió la pulla con un silencio que pareció reducir su eficacia a la mitad.

—¿No crees? —la presionó.

—No —respondió ella con repentina franqueza—. Hace algún tiempo advertí que parecía disgustarte, pero desde entonces…

—¿Y bien? ¿Desde entonces qué?

—Me imaginé que tendrías razones para seguir queriendo que fuera amable con él, como dices tú.

—¡Ah! —exclamó Glennard, haciendo un esfuerzo por mostrar levedad; pero su ironía se vino pronto abajo: algo en su voz le hizo sentir que ambos habían llegado a ese desierto desnudo del entendimiento donde los significados apenas ya se esconden detrás de las palabras.


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