La piedra de toque
La piedra de toque —Hoy he insultado a Flamel. Le he dado a entender que sospechaba que él te lo habÃa contado todo. Lo odiaba porque él sabÃa lo de las cartas.
Apreció el horror que desprendÃan sus ojos y por un instante tuvo que lidiar con la nueva tentación que se le aparecÃa. Luego, haciendo un esfuerzo, declaró:
—Él no tiene la culpa… es un hombre impecable. Me ayudó a publicar las cartas; pero también le mentÃ; fingà que iban remitidas a otro hombre… a otro hombre que estaba muerto…
Alexa levantó los brazos en un gesto que parecÃa que fuera a desviar sus palabras.
—¡Me desprecias! —insistió.
—Ay, pobre mujer… pobre mujer… —la oyó susurrar.
—¡Ya ves que no he dejado tÃtere con cabeza! —su voz se impuso sobre la de ella.
Alexa mantuvo la cara tapada.
—¡Me odias! ¡Me desprecias! —exclamó de forma extraña.
—¡Cállate! —le ordenó ella; pero él ya no parecÃa ser consciente de su propósito conciliador.
—A él le importabas… le importabas —repitió— y nunca te habló de las cartas…
Ella se levantó de un salto.
—¿Cómo puedes? —se acaloró—. ¿Cómo te atreves? ¡ESO…!