La piedra de toque
La piedra de toque —No puedes. Es demasiado infame. Creà que no te importaba lo que habÃa hecho porque amabas a Flamel.
Ella se puso colorada.
—No… no… —le advirtió.
—¿No crees que tengo derecho…?
—Creo que te arrepentirás.
Él permaneció ante ella de modo suplicante.
—Quiero decir algo peor… algo más escandaloso. Si no LO entiendes, tendrás todo el derecho a echarme de casa.
Alexa le contestó con una mirada perspicaz.
—Lo entenderé… pero te arrepentirás.
—Debo correr el riesgo —se apartó y revolvió los libros de la mesa. Luego se dio la vuelta para mirarla a la cara—: ¿Le importas a Flamel? —le preguntó.
Sus mejillas se encendieron aún más, pero siguió mirándolo sin enfadarse.
—¿A qué viene eso? —dijo con una nota de tristeza en la voz.
—Ah, aún no te lo habÃa preguntado —murmuró compungido.
—Bien, entonces…
Glennard respondió a la súplica de Alexa mirándola fijamente, como si no fuera más que un simple factor en medio de una inmensa redistribución de significados.