La piedra de toque
La piedra de toque —¡Santo cielo! Ojalá pudiéramos arreglarlo… —se levantó de pronto y cruzó el espacio que los separaba—. ¿Por qué nunca me dijiste nada? —quiso saber.
—¿No te has respondido tú mismo a esa pregunta?
—¿Cuándo?
—Justo ahora… cuando has dicho que lo hiciste por mà —se detuvo un momento y despuĂ©s continuĂł en un tono más grave—: te habrĂa dicho algo si hubiera podido ayudarte.
—Pero has debido de odiarme…
—Ya te he dicho que eso habrĂa sido lo más fácil.
—Pero ÂżcĂłmo pudiste seguir adelante asĂ… despreciando el dinero?
—SabĂa que hablarĂas a su debido tiempo. QuerĂa que primero lo odiaras tanto como yo.
La contemplĂł con cierto sobrecogimiento.
—Eres maravillosa —susurró—. Pero aĂşn no sabes lo bajo que he caĂdo.
Ella alzĂł una mano suplicante.
—¡No quiero saberlo!
—Entonces, ¿tienes miedo de odiarme?
—No… pero asà me odiarás tú a MÍ. Déjame comprenderlo sin que me lo digas.