La piedra de toque
La piedra de toque —Eso habrÃa sido lo más fácil —respondió Alexa, con una extraña sonrisa. Luego se desplomó en una silla junto al escritorio y apoyó la cabeza en la mano.
—¿Era mucho? —retomó la palabra.
—¿El qué…? —preguntó él, distraÃdo.
—El dinero.
—¿El dinero? —esa parte del asunto le parecÃa tan poco relevante que durante un momento no supo a qué se referÃa.
—Hay que devolverlo —insistió ella—. ¿Puedes?
—Ah, sà —respondió con apatÃa—, claro que puedo.
—¡SacrificarÃa lo que fuera! —le exhortó.
Glennard asintió.
—Por supuesto —se la quedó mirando con los ojos secos por el desprecio a sà mismo—. ¿Crees que servirá para algo?
—¿Que si servirá para algo?
—Si cambiará lo que siento, o lo que sientes por mÃ…
Ella sacudió la cabeza.
—Es lo de menos… —gruñó él.
—Es lo único que podemos arreglar.