La piedra de toque
La piedra de toque —¿No has tenido ya bastante…? —dijo con una extraña voz compasiva.
Él se la quedó mirando fijamente.
—¿Bastante…?
—Sufrimiento…
Fue como si un fleje de hierro se soltara de sus nervios.
—¿Entonces te diste cuenta…? —en un susurro.
—Ay, por Dios, por Dios… —sollozó.
Se dejó caer a su lado y ocultó su angustia en las rodillas de Glennard. Se aferraron en silencio, soportando juntos la oleada de vergüenza.
Cuando Alexa levantó finalmente el rostro, Glennard apartó la mirada. Su desdén le habrÃa dolido menos que esas lágrimas en sus manos.
Ella habló lánguidamente, como una niña calmada tras un arranque de llanto.
—¿Lo hiciste por el dinero…?
Sus labios dibujaron un sÃ.
—¿Esa fue la herencia… por la que nos casamos? —SÃ.
Ella se echó hacia atrás y se incorporó. Él se sentó y se quedó observándola al alejarse.
—Me odias —se le escapó.
No obtuvo respuesta.
—¡Dime que me odias! —insistió.