La piedra de toque
La piedra de toque —Cada vez que se mencionaba el libro. Las cosas que decĂas… y repetĂas… tus enfados… No puedo explicarlo…
Glennard se habĂa acercado inconscientemente. Jadeaba como si hubiera estado corriendo.
—Lo sabĂas, lo sabĂas… —tartamudeĂł. Aquello era peor que si hubiera reconocido su amor por Flamel; aquello la alejaba todavĂa más—. Lo sabĂas… lo sabĂas —repitiĂł; y de repente su angustia cobrĂł voz—: ¡Por Dios! —exclamó—. Has dicho que al principio lo sospechaste… y luego que lo sabĂas… todo este maldito asunto es detestable; hace meses que lo sabes… hace meses que puse ese papel ante tus ojos… y no has hecho nada, no has dicho nada, no has movido un dedo, has vivido conmigo como si no ocurriera nada… como si nada hubiera ocurrido en nuestras vidas. ÂżDe quĂ© estás hecha, por Dios? ÂżNo ves la ignominia que esconde todo esto? ÂżNo ves cĂłmo compartes mi deshonra? ÂżO es que no tienes ningĂşn sentido de la vergĂĽenza?
Al verter estas palabras mantuvo la suficiente lucidez como para ver que invitaban sin remedio al escarnio de Alexa; pero algo le decĂa que ambos habĂan sobrepasado la fase de las obvias represalias y que si se producĂa en ellos alguna reacciĂłn no serĂa la del desprecio.
TenĂa razĂłn. Ella se levantĂł despacio y se dirigiĂł hacia Ă©l.