La piedra de toque

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CAPÍTULO XIV

CAPÍTULO XIV

Los efectos que causaron aquellos grandes cambios fueron tan imperceptibles como los primeros esbozos de la primavera. Glennard se sentía ahora más cerca de su esposa, pero apenas llegaba a situarse todavía al alcance de su voz; y aunque ponía todo su empeño en adquirir las nociones elementales de esta nueva forma de comunicarse, aún tenía que buscarla a tientas en la densa niebla de la humillación, esa nube de vapor de la que su personalidad emergía mezquina y grotesca.

El único hecho que nos permite convivir con nuestros allegados es que desconocemos por completo lo bien que nos conocen. El amor es el refugio más inexpugnable de nuestra autoestima y odiamos a todo aquél que sepa ver nuestra desnudez. Si Glennard no odiaba a su esposa era porque lentamente y con mucho sufrimiento había nacido en él aquella pasión más profunda que situaba su anterior sentimiento a la altura de una mera conmoción de la sangre. Era como un niño al que hubiese que volver a arrullar: la cercanía de su esposa era un pecho en el que refugiarse.


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