La piedra de toque
La piedra de toque Alexa levantó la cabeza y clavó en él valientemente la mirada.
—Ya no hace falta —concluyó.
La sorprendente respuesta hizo que se ruborizara; luego, en señal de que habÃa comprendido, declaró:
—Puede que a ti no, pero a mà me servirÃa para resarcirme.
Ella lo miró con ternura.
—¿De eso no me encargo yo? —murmuró.
—Y lo estás haciendo muy bien. ¡Pero las cosas no se arreglan asà como asÃ! Me haces parecer, incluso ante mà mismo, algo que no soy; y que nunca seré. A veces no puedo defenderme de los errores, pero al menos puedo evitar que otros caigan en ellos.
La tormenta habÃa amainado y, arrodillándose a su lado, la cogió de las manos.
—¿No ves que esto se ha convertido en una obsesión para mÃ? ¿Que si pudiera despojarme de todas mis mentiras (¡aunque siempre quedara alguna escondida por ahÃ!) y hacer penitencia exhibiéndome desnudo en el mercado, al menos sentirÃa el alivio de poder calmar una angustia con otra? ¿No ves que lo peor de mi tortura es que ya no hay nada que arreglar?
Las manos de Alexa reposaban en las suyas sin ejercer presión.
—Ay, pobre mujer, pobre mujer… —la oyó suspirar.