La piedra de toque
La piedra de toque Glennard se puso pálido. Era como si de pronto una presencia latente se hubiera manifestado ante ambos. Cogió la carta con un gesto mecánico.
—Es de Esmirna —continuó Alexa—, ¿no vas a leerla?
Él se la devolvió.
—Cuéntame qué dice… su letra es ilegible —se dirigió al lado contrario de la habitación y luego volvió para situarse justo delante de ella—. He estado pensando en escribirle —añadió.
Ella levantó la vista.
—Hay algo —continuó, despacio— que deberÃa aclarar. Le dije que tú habÃas sabido lo de las cartas todo este tiempo, desde hacÃa mucho tiempo, al menos, y noté que mis palabras le hicieron mucho daño. Es lo que yo querÃa, por supuesto, pero no puedo dejarlo con esa falsa impresión. Debo escribirle.
Ella lo escuchó sin inmutarse, pero Glennard notó que algo se le removÃa por dentro. Al final le respondió, Con tono dubitativo.
—¿Por qué lo llamas falsa impresión? Yo lo sabÃa.
—SÃ, pero le insinué que no te importaba.
—¡Ah!
Él continuó mirándola.
—¿No quieres que lo arregle? —vaciló.