La piedra de toque
La piedra de toque Al observar a su esposa con la misma atención con la que un trotamundos prestaría a todos y cada uno de los signos de la naturaleza, Glennard se dio cuenta de que Alexa se había refugiado temporalmente en el propósito de renunciar al dinero. Si en teoría ambos eran conscientes de que esta forma de compensación no servía para nada, la subjetividad instintiva de la mujer le hacía encontrar alivio en esta burda penitencia. Glennard advirtió que tenía la intención de vivir con la mayor frugalidad posible hasta que diera la deuda por saldada; y rezaba por que no descubriera lo lejos que estaba de cumplir, en el sentido estrictamente material, la obligación que se había impuesto. Ella estaba obsesionada con la cantidad inicial que habían recibido por las cartas, y Glennard sabía que tardaría uno o dos años en volver a ahorrarla. Mientras tanto, le conmovía ver cómo Alexa se iba deshaciendo de los lujos insignificantes que estimaba como símbolos de su cautiverio. Las renuncias que ambos compartían la acercaban a él y, al poner de manifiesto su impotencia, contribuían a restaurar la coraza de su amor. Pero aún seguían sin mediar palabra.
Fue una cálida tarde junto a la chimenea, pasadas unas cuantas semanas, cuando Alexa le enseñó la carta que estaba leyendo en el momento en que él entraba.
—Noticias de Flamel —dijo ella.