La piedra de toque
La piedra de toque Era incapaz de entender el significado concreto de unas cartas que irradiaban luz retrospectiva. La literatura no le interesaba y al principio las consideró como una extensión de su brillante conversación: más tarde, se revelarÃan como el temido vehÃculo de un trágico asedio. Por supuesto sabÃa que eran extraordinarias: a diferencia de los autores que regalan su esencia al público y dejan para los amigos la cáscara seca, Aubyn habÃa reservado la más excepcional de sus cosechas para el recóndito sacramento del cariño. Lo cierto es que a veces Glennard se sentÃa oprimido, casi humillado, por la multiplicidad de alusiones, por el amplio alcance de sus intereses, por la insistencia en intentar introducir a la fuerza la exuberancia de su pensamiento y sus emociones en el diminuto recipiente de su simpatÃa, pero nunca alcanzó a pensar en las cartas de manera objetiva, como la obra de una mujer distinguida, nunca habÃa considerado la importancia literaria de esa opresiva prodigalidad. Ahora, el tesoro que tenÃa entre las manos, casi le daba miedo. Nunca le habÃa pesado tanto la obligación de su amor como este regalo de tener que imaginársela: era como si hubiera aceptado de ella algo que no habrÃa exigido si el cariño hubiera sido recÃproco.