La piedra de toque
La piedra de toque Se quedó sentado un buen rato contemplando las hojas esparcidas encima del escritorio; y al percatarse de repente de su relevancia, se las imaginó transmutadas en oro gracias a un proceso alquímico que se producía mientras las miraba. Tenía la sensación de que no estaba solo en la sala, de que otra presencia lo estaba observando y de que esa presencia carecía de los impulsos subconscientes que ahora le anidaban en los surcos de la frente con oleadas de humillación. Se levantó al fin, y con el ademán propio de un hombre que ansia materializar su propósito —buscando, por decirlo así, una coartada moral— apiló las cartas y las llevó junto a la chimenea. Quemar los fajos le habría llevado demasiado tiempo. Regresó a la mesa y, una a una, fue metiendo las hojas en los sobres. Después los ató para introducirlos otra vez en el cajón, bajo llave.