La piedra de toque

La piedra de toque

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Capítulo III

Capítulo III

Una de las constantes de la relación entre Glennard y la señorita Trent era que él siempre la visitaba al día siguiente de haber tomado la decisión de romper con ella. Esos movimientos arrancados de las fauces de la renuncia tenían un encanto especial, pero en esta ocasión Glennard había exagerado su importancia hasta el punto de que apenas podía apreciar la gravedad añadida en el recibimiento que ella le brindaba.

Había interiorizado sus sentimientos hacia ella de un modo tan vital que su cercanía tenía la capacidad de hacerle reajustar, de manera imperceptible, su punto de vista, por lo que las confusas lecciones de la experiencia se derrumbaban de repente ante un examen racional. Esta redistribución de los valores hacía que el melancólico viaje al pasado de la noche anterior quedase reducido a una mera nube en los límites de la conciencia. Tal vez el único favor que una mujer rechazada puede hacerle al hombre al que ama es realzar y prolongar las ilusiones de éste hacia su rival. El recuerdo de Margaret Aubyn estaba destinado a servir de contraste a la presencia de Alexa Trent, y la pobre mujer nunca había puesto de mayor relieve la figura de su sucesora.


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