La piedra de toque

La piedra de toque

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La señorita Trent tenía el encanto de las aguas mansas que son renovadas por rápidas corrientes. Su superficie se mantenía en calma cuando prestaba atención a las demostraciones de atención de los demás y sólo en los días de tormenta sentía la presión de las mareas. Esta indefinible compostura era quizá su mejor virtud a ojos de Glennard. La reserva, en algunos caracteres, les lleva a cerrar habitaciones vacías o disimular incómodas molestias, pero para Glennard las reticencias de la señorita Trent eran como la puerta cerrada de un templo, y ser consciente de que tras esa puerta había un tesoro escondido le bastaba para mantenerse felizmente a la espera con las excesivas expectativas de un neófito.

—No viniste anoche a la ópera —dijo ella para romper el hielo, en aquel tono suyo que parecía querer más informar de un hecho que reflexionar sobre él. Glennard respondió con un gesto de desánimo.

—¿Para qué? Ni siquiera hubiéramos podido hablar.

—No tan bien como aquí —asintió ella después de meditarlo un instante—. Como no viniste, hablé con la tía Virginia.


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