La piedra de toque
La piedra de toque —¡Ah! —dijo él, y la información le sorprendió tanto que dejó de mirarle las manos, que habían adoptado, como de costumbre, una postura de refinada plasticidad. Era como si sus manos se movieran sólo con algún propósito, pues llegaban a protagonizar intervalos de serena inactividad.
—Tuvimos una larga charla —siguió la señorita Trent y se detuvo un momento antes de añadir, con esa falta de énfasis con la que habituaba a tratar los asuntos más serios—: la tía Virginia quiere que viaje con ella al extranjero.
Glennard, dando un respingo, levantó la vista.
—¿Al extranjero? ¿Cuándo?
—Ya… El mes próximo. Estaríamos fuera dos años.
Hizo un movimiento de cariñosa burla.
—¿En serio? Me parece bien, yo también quiero que viajes al extranjero, pero conmigo… y durante varios años. ¿Cuál de las dos ofertas vas a aceptar?
—Parece que sólo una de ellas requiere que la considere inmediatamente —le contestó Alexa sonriendo.
Glennard la miró de nuevo.
—¿No vas a pensártelo?
Ella bajó la mirada y separó las manos. Sus movimientos eran tan parcos que podría decirse que subrayaban sus palabras.