La piedra de toque

La piedra de toque

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—La tía Virginia hablaba en serio. Sería un gran alivio para mi madre y para los demás saber que alguien está en disposición de mantenerme durante dos años. Como comprenderás, debo pensármelo —se quedó mirando fijamente los bajos de su vestido que, a pesar de su aspecto renovado, procedía de los días iniciales del cortejo de Glennard—: trato de no ser muy cara, pero soy una carga.

—¡Por Dios! —gruñó Glennard.

Se sentaron en silencio hasta que, con mucho tacto, ella retomó la conversación.

—Ya sabes que, como la mayor que soy, estoy obligada a considerar este tipo de cosas. Las mujeres somos una carga… Jim hace lo que puede por madre, pero no es mucho, ya que tiene que mantener a sus hijos. Todos somos pobres, no es nada nuevo.

—Tu tía no es pobre. Podría ayudar a tu madre.

—Y lo hace… a su manera.

—Exacto… ¡Así son las relaciones con los ricos! Si estás triste, apáñatelas, pero para ser feliz hay que hacer lo que ellos digan… y ponerse su ropa vieja.

—Yo podría ser feliz con los viejos vestidos de la tía Virginia —le interrumpió la señorita Trent.

—¿En el extranjero?

—En cualquier sitio donde me sintiera útil. Y sé que si me voy al extranjero, serviré de algo.


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