La piedra de toque
La piedra de toque —Ah, claro, ya veo. Y también me doy cuenta de tu habilidad para transformar sus ventajas en inconvenientes.
—¿Inconvenientes?
—SÃ, porque te obsesionas con aquello de lo que vas a alejarte en vez de pensar en lo que supondrÃa para ti. Por supuesto que para una mujer significa mucho poder escapar de una vida como ésta —dijo Glennard evaluando con una mirada de desprecio el pobre mobiliario—. La cuestión es si soportarÃas volver a ella.
Ella parecÃa aceptar con todas las consecuencias las reflexiones de Glennard.
—Sólo sé que no me gustarÃa perderla.
Él retrocedió, melancólico:
—¿Ni siquiera has pensado en ello, pues? ¿Ni remotamente?
—¿En qué? —la mirada de ella se hizo más profunda. Glennard se puso en pie y paseó por la habitación. Luego se situó ante ella:
—En la posibilidad de casarte conmigo.